Blasco Lafarga, C.

Artículo.

En el artículo seleccionado de este mes, exponemos la interesante aportación del mismo por parte de su autora. La cual, argumenta como el ejercicio físico o actividad física, son una herramienta en la actualidad incuestionable para la salud. Espero puedan aprender y ser conscientes del enorme valor terapéutico y necesidad de realizar una actividad física. No solo por cuestiones de ocio, sino del aporte tan relevante que la autora expone haciendo énfasis, en nuestra salud.

Este ejercicio terapéutico, prescrito por un profesional sanitario, es la punta de lanza en el tratamiento de ciertas dolencias por encima del tratamiento farmacológico en pacientes con patologías prevalentes en las sociedades desarrolladas. También se prescribe como factor preventivo para un inmenso número de enfermedades independientemente del sexo o la edad del paciente. La evidencia científica demuestra firmemente que, más allá de su valor para la salud, y mucho más que la medicina, el ejercicio regular es una fuente de vida en nuestras sociedades envejecidas, sedentarias y a menudo, extremadamente aisladas socialmente.

Datos del Consejo Superior de Deportes (CSD) arrojan y calculan un ahorro de entre 3 y 15 euros en gasto sanitario por cada euro invertido en programas de actividad física, destacando que Deporte y Salud se encuentran interrelacionados. En la actualidad, no hay duda de los beneficios de incrementar la actividad/ejercicio físico junto con la necesaria reducción de las conductas sedentarias, dado que una cantidad e intensidad de movimiento suficiente, exige la participación completa de todos nuestros sistemas, ayudando a mejorar/mantener nuestras respuestas adaptativas.

La actividad física y el ejercicio se erigen como unas poderosas herramientas neurofisiológicas, capaces de asegurar la comunicación de todos nuestros orgánulos y sistemas celulares de forma unificada y coordinada. Y cuando este mismo movimiento se produce en el marco del ocio y del tiempo libre activo, a pesar de su menor impacto fisiológico -derivado de su menor intensidad-, también existen vías alternativas para conducir a las mismas mejoras, consistiendo en una herramienta poderosa.

Las vías del estrés se activan de forma aguda y apoyan el esfuerzo físico requerido para mover el cuerpo a través de la actividad física, particularmente con respecto al ejercicio concertado. Este desafío fisiológico permite activar la rama simpática del sistema nervioso y el eje hipotalámico-pituitario. Deteniéndolo al final del esfuerzo, dando lugar a un “rebote” post-esfuerzo muy saludable. Esta mayor inflamación específica se acompaña de una reducción de la inflamación en reposo, así como de la liberación de miocinas (citoquinas musculares) atrayendo células inmunes para reparar el daño tisular, promoviendo paralelamente la diversidad de la microbiota y la salud intestinal.

El binomio “más actividad física/ejercicio – menos sedentarismo” es clave para nuestra salud individual y colectiva, con mayor impacto a medida que envejecemos. Según argumenta Lazarus, hay sistemas que dependen de la edad pero que no son maleables por el ejercicio, sistemas que dependen de la edad y también son maleables por el ejercicio, sistemas que no dependen de la edad pero que son maleables por ejercicio, y finalmente, sistemas que no se ven afectados por la edad o el ejercicio. La comprensión de estos equilibrios permite apreciar que, más allá del impacto del envejecimiento, la actividad/ejercicio físico conduce a lo que se conoce como el fenotipo de envejecimiento saludable (activo, exitoso); mientras que, en el otro extremo, la inactividad/sedentarismo condena a los individuos al fenotipo patológico de envejecimiento (inactivo).

El éxito de los primeros, reside en mantener intacta la “capacidad intrínseca”. Es decir, la posibilidad de seguir haciendo aquellas cosas sencillas que hacen que un ser humano se sienta mental y físicamente capaz. En palabras de estos mismos autores: caminar, pensar, percibir (ver, oír…) y recordar. Lejos de conformarse con un número mínimo de minutos de actividad física, en sus recientes directrices sobre ejercicio físico, la OMS concluye que los adultos mayores deben realizar toda la actividad física que les permita su capacidad funcional. Ajustando su nivel de esfuerzo a su nivel de forma física y a sus capacidades funcionales para no quedar por debajo de sus necesidades motrices.

Esto también se aplica a los adultos con enfermedades crónicas. La OMS también indica que aquellos adultos con mayores dificultades, tal vez deseen consultar a un especialista en actividad física o a un profesional de la salud para obtener asesoramiento sobre los tipos y cantidades de actividad adecuados a sus necesidades individuales, capacidades, limitaciones/complicaciones funcionales, medicamentos y situación general.

En esta etapa, lo primero que hay que hacer es empezar, ponerse en marcha. El segundo punto, pero no menos importante, es adquirir la adhesión del adulto mayor hacia el ejercicio, encontrando algo que sea lo suficientemente atractivo para aquellos que no han participado en programas de ejercicio durante mucho tiempo.

También será muy importante apoyarles en el proceso y no dejarles solos una vez se produzcan las primeras mejoras, porque la edad va acompañada de un alto nivel de desentrenamiento, entendiendo esto como la pérdida de aptitud física asociada al deshabituamiento. Aunque cualidades como la agilidad o la propia función ejecutiva parecen mantenerse bien durante un cierto tiempo, a pesar de la falta de entrenamiento (efecto negativo o regresivo asociado a la interrupción del entrenamiento), la reducción o incluso la desaparición de las ganancias se acentúa especialmente en el ámbito cardiovascular y capacidades de fuerza. Lo que conlleva una pérdida de forma física y la reaparición de niveles de fatiga, con las consecuencias de falta de motivación y vuelta al inicio de inactividad física con las posteriores
consecuencias.

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